Apócope

Las ciudades -lugares, tormentas de paisajes y alaridos-, tan idénticas y diferenciales unas con otras como figuras imperfectas de un cuerpo, marcan sus pasos en la memoria como si puestas hubieran sido sobre greda. Las ciudades al aparearse pueden lo que jamás podrán las patrias: hacer del mundo lo que es: un solo lugar.


Llamemos pues, a este lugar, A-real.

sábado, 31 de octubre de 2009

III. Disfraz de cronopio




El transeúnte, incapaz de imaginar algo más imaginativo, sale a tomarse unos aires. Ya el transeúnte son dos, por aquello de la inercia; y diciéndose a sí mismo las suficientes palabras camina hacia la noche, esperando que acaso la imagen llegue. La tonteria rechina oxidada y amarilla; cadenas, cadenas, cadenas, las churrias de un motor. Una peca, alcanzó una peca a abrirse paso más por obstinación que por ideal. Y claro, el transeúnte disfrazado de cronopio terminó disfrazado de cronopio disfrazado de transeúnte.

jueves, 29 de octubre de 2009

II.




Imaginémonos una mancha. La mano la atraviesa, se le pega, viene y va con ella en los otros espejos. Ella en su mismo lugar, lejana, ausente. La mano y la mancha se besan, hacen el amor, jamás se han visto. He ahí nuestro lago. A-real, o Su-real, cualquiera de las grandísimas tonterías, crea una cresta en los rededores de la mancha que acabamos de imaginar; y aquellas montañas que recubren al lago se elevan hasta toparse con las nubes del lago siguiente. El transeúnte, hecho estaca en suelo, frente a la mancha tan inmensa como sus ojos, se pregunta si acaso al otro lado del horizonte también habrá montañas. Luego la niebla y la lluvia amortiguada en sus propios sonidos; ¡ay!, cuánta paz y sus respectivos engaños.

lunes, 19 de octubre de 2009

I. Comentario introductorio.



Qué decir... A-real, o como haya de llamarse, suele despertar a dos mil seiscientos metros con un frío inverosímil al que, pese a todo, uno suele acostumbrarse. Costumbre como un eco, casi que el perfecto retrato. Uno, incluso, alcanza a sentir cierto placer al enfrentarse cada mañana -ya sea para ir al trabajo o ir a estudiar o lo que sea que obligue a un individuo promedio a desplazarse a tempranas horas- con el rocío helado que atraca en la cara. El transeúnte tirita, se soba los brazos, lame el concreto con los zapatos; y ya está.
Se impregna de dagas transparentes cada vez que el cielo amanece hecho blanco, y el bostezo de los edificios se diluye en el aura de niebla y humo. El cielo de blancos, cuan demonio impresionista, se difumina gris a medida que se acerca al horizonte; y a los pulmones.
El transeúnte respira, y comienza su jornada.