Imaginémonos una mancha. La mano la atraviesa, se le pega, viene y va con ella en los otros espejos. Ella en su mismo lugar, lejana, ausente. La mano y la mancha se besan, hacen el amor, jamás se han visto. He ahí nuestro lago. A-real, o Su-real, cualquiera de las grandísimas tonterías, crea una cresta en los rededores de la mancha que acabamos de imaginar; y aquellas montañas que recubren al lago se elevan hasta toparse con las nubes del lago siguiente. El transeúnte, hecho estaca en suelo, frente a la mancha tan inmensa como sus ojos, se pregunta si acaso al otro lado del horizonte también habrá montañas. Luego la niebla y la lluvia amortiguada en sus propios sonidos; ¡ay!, cuánta paz y sus respectivos engaños.
Apócope
Las ciudades -lugares, tormentas de paisajes y alaridos-, tan idénticas y diferenciales unas con otras como figuras imperfectas de un cuerpo, marcan sus pasos en la memoria como si puestas hubieran sido sobre greda. Las ciudades al aparearse pueden lo que jamás podrán las patrias: hacer del mundo lo que es: un solo lugar.
Llamemos pues, a este lugar, A-real.
jueves, 29 de octubre de 2009
II.
Imaginémonos una mancha. La mano la atraviesa, se le pega, viene y va con ella en los otros espejos. Ella en su mismo lugar, lejana, ausente. La mano y la mancha se besan, hacen el amor, jamás se han visto. He ahí nuestro lago. A-real, o Su-real, cualquiera de las grandísimas tonterías, crea una cresta en los rededores de la mancha que acabamos de imaginar; y aquellas montañas que recubren al lago se elevan hasta toparse con las nubes del lago siguiente. El transeúnte, hecho estaca en suelo, frente a la mancha tan inmensa como sus ojos, se pregunta si acaso al otro lado del horizonte también habrá montañas. Luego la niebla y la lluvia amortiguada en sus propios sonidos; ¡ay!, cuánta paz y sus respectivos engaños.
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