Apócope

Las ciudades -lugares, tormentas de paisajes y alaridos-, tan idénticas y diferenciales unas con otras como figuras imperfectas de un cuerpo, marcan sus pasos en la memoria como si puestas hubieran sido sobre greda. Las ciudades al aparearse pueden lo que jamás podrán las patrias: hacer del mundo lo que es: un solo lugar.


Llamemos pues, a este lugar, A-real.

lunes, 30 de noviembre de 2009

IV.




A-real es como un Pulpo, una Sepia, un Nautilos, un Cefalópodo a pleno sentido; dejémoslo en esa simpleza. Puede interpretarse eso como al Lector le entre en gana.

Hay veces, como hoy, en las que un transeúnte sale a la calle a tomarse unos aires. Hoy, a diferencia de los demás hoy, se demora unos cuantos parpadeos y pasadas de saliva preguntándose por qué jamás había visto alguna pintura o, por lo menos, alguna expresión artística en la que se retrataran infielmente las cielos nocturnos así, viscerales y rojizos, tal y como lo está viendo ahora. A continuación el transeúnte, tan idiota y pícaro y malandrín como suele ser, cerró los ojos y se dispuso a borrar lo siguiente de su cabeza: Una sumatoria de cuadriláteros haciendo el amor a contraluz, disfrazados de silueta como monstruos bajo, sobre, y tras la intemperie amarilla del concreto. Arriba un cielo. Blanco pero Rojo, Rojo y Blanco, luchando como interpretaciones en la quietud hacia arriba y hacia abajo; clavándose invisiblemente en los ojos, en los transeúntes, en las pieles desnudas del humo. Un cielo que hace parte de cada cosa persiste a ojos cerrados sin que se den cuenta las gentes.
El transeúnte puso sus ojos en su lugar, sus recuerdos molidos en un camión o en una caneca, el cielo siguió adelante. Ya no había nada que reprocharle al arte.

sábado, 31 de octubre de 2009

III. Disfraz de cronopio




El transeúnte, incapaz de imaginar algo más imaginativo, sale a tomarse unos aires. Ya el transeúnte son dos, por aquello de la inercia; y diciéndose a sí mismo las suficientes palabras camina hacia la noche, esperando que acaso la imagen llegue. La tonteria rechina oxidada y amarilla; cadenas, cadenas, cadenas, las churrias de un motor. Una peca, alcanzó una peca a abrirse paso más por obstinación que por ideal. Y claro, el transeúnte disfrazado de cronopio terminó disfrazado de cronopio disfrazado de transeúnte.

jueves, 29 de octubre de 2009

II.




Imaginémonos una mancha. La mano la atraviesa, se le pega, viene y va con ella en los otros espejos. Ella en su mismo lugar, lejana, ausente. La mano y la mancha se besan, hacen el amor, jamás se han visto. He ahí nuestro lago. A-real, o Su-real, cualquiera de las grandísimas tonterías, crea una cresta en los rededores de la mancha que acabamos de imaginar; y aquellas montañas que recubren al lago se elevan hasta toparse con las nubes del lago siguiente. El transeúnte, hecho estaca en suelo, frente a la mancha tan inmensa como sus ojos, se pregunta si acaso al otro lado del horizonte también habrá montañas. Luego la niebla y la lluvia amortiguada en sus propios sonidos; ¡ay!, cuánta paz y sus respectivos engaños.

lunes, 19 de octubre de 2009

I. Comentario introductorio.



Qué decir... A-real, o como haya de llamarse, suele despertar a dos mil seiscientos metros con un frío inverosímil al que, pese a todo, uno suele acostumbrarse. Costumbre como un eco, casi que el perfecto retrato. Uno, incluso, alcanza a sentir cierto placer al enfrentarse cada mañana -ya sea para ir al trabajo o ir a estudiar o lo que sea que obligue a un individuo promedio a desplazarse a tempranas horas- con el rocío helado que atraca en la cara. El transeúnte tirita, se soba los brazos, lame el concreto con los zapatos; y ya está.
Se impregna de dagas transparentes cada vez que el cielo amanece hecho blanco, y el bostezo de los edificios se diluye en el aura de niebla y humo. El cielo de blancos, cuan demonio impresionista, se difumina gris a medida que se acerca al horizonte; y a los pulmones.
El transeúnte respira, y comienza su jornada.