Apócope

Las ciudades -lugares, tormentas de paisajes y alaridos-, tan idénticas y diferenciales unas con otras como figuras imperfectas de un cuerpo, marcan sus pasos en la memoria como si puestas hubieran sido sobre greda. Las ciudades al aparearse pueden lo que jamás podrán las patrias: hacer del mundo lo que es: un solo lugar.


Llamemos pues, a este lugar, A-real.

lunes, 19 de octubre de 2009

I. Comentario introductorio.



Qué decir... A-real, o como haya de llamarse, suele despertar a dos mil seiscientos metros con un frío inverosímil al que, pese a todo, uno suele acostumbrarse. Costumbre como un eco, casi que el perfecto retrato. Uno, incluso, alcanza a sentir cierto placer al enfrentarse cada mañana -ya sea para ir al trabajo o ir a estudiar o lo que sea que obligue a un individuo promedio a desplazarse a tempranas horas- con el rocío helado que atraca en la cara. El transeúnte tirita, se soba los brazos, lame el concreto con los zapatos; y ya está.
Se impregna de dagas transparentes cada vez que el cielo amanece hecho blanco, y el bostezo de los edificios se diluye en el aura de niebla y humo. El cielo de blancos, cuan demonio impresionista, se difumina gris a medida que se acerca al horizonte; y a los pulmones.
El transeúnte respira, y comienza su jornada.

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