Qué decir... A-real, o como haya de llamarse, suele despertar a dos mil seiscientos metros con un frío inverosímil al que, pese a todo, uno suele acostumbrarse. Costumbre como un eco, casi que el perfecto retrato. Uno, incluso, alcanza a sentir cierto placer al enfrentarse cada mañana -ya sea para ir al trabajo o ir a estudiar o lo que sea que obligue a un individuo promedio a desplazarse a tempranas horas- con el rocío helado que atraca en la cara. El transeúnte tirita, se soba los brazos, lame el concreto con los zapatos; y ya está.
Se impregna de dagas transparentes cada vez que el cielo amanece hecho blanco, y el bostezo de los edificios se diluye en el aura de niebla y humo. El cielo de blancos, cuan demonio impresionista, se difumina gris a medida que se acerca al horizonte; y a los pulmones.
El transeúnte respira, y comienza su jornada.
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